martes, 2 de octubre de 2012

El que tiene su espíritu sano, no tiene enfermedad, aunque la carne le duela

En Sueño Profético decían:

La enfermedad del espíritu puede poner enferma la carne. Hay enfermos de espíritu que contagian su enfermedad. Estos enfermos dan dolor de cabeza al que trato tenga con ellos; dan malestar; dan impaciencia a tu vivir; ven todo siempre en un lío, sin reposar el vivir; siempre les faltará el decir: “Yo soy feliz, yo tengo más que tenía, y más que a Dios le pedí”.

Dijo uno:

El que tiene su espíritu sano, no tiene enfermedad, aunque la carne le duela.

Estas frases eran de un médico que yo tenía amistad con él, y con el que me gustaba pasar las horas fuera de la consulta, cuando ya estaba en familia. Él adoraba la medicina y yo la literatura. Aunque parezcan éstos, caminos opuestos, los dos componíamos el diagnóstico. Había enfermos que él los curaba con mis cuartillas, que sus frases literatas te acercaban a Dios. Había días que cuando le enseñaba el trabajo, ya él le aplicaba el medicamento. Le tuvieron envidia algunos compañeros que vivían bastante lejos de Dios. Éstos creían ser ellos el oxígeno, ser los que mantenían la materia, los que sus laboratorios nunca mentían, los que creían que Dios no era Dueño de la materia, los que nunca creían ser los equivocados, los que les molestaba oír esta frase: “Dios lo ha curado”.

Desperté, oí:

Pocas veces se le oye
esta hermosa frase al hombre:

“Ha sido Dios quien lo ha curado”.

Ni esta otra:

“Mientras no sane su espíritu,
no sanará su carne”.

“Sus síntomas son sin duda
de enfermedad no de carne”.

Aquí tiene ya el conflicto
el médico con la carne.

Que manda medicamento
porque algo hay que mandarle.

Sin ocuparse de Dios,
si no es enfermedad de carne.

El médico que es de Dios,
sabe que él no lo cura,
si no manda curar Dios.

Un literato y un médico
hacen gran servicio a Dios.

El médico, “pa” la carne,
y el literato te escribe
Amor de Dios “pa” salvarte.

Si siempre el Amor de Dios
lleva el médico delante,
verá que las curaciones
es Dios el que se las hace.


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Libro 8 - Dios No Quiere, Permite - Tomo I - Pag. 119-120-121