miércoles, 31 de octubre de 2012

El espartero que a Dios tenía dentro

En Sueño Profético decían:

Se nombra mucho a Dios, y de Dios se habla poco. Se nombra cuando el hombre lo precisa en asuntos materiales. Y no se habla de Él, porque Dios en estos tiempos no va. El hombre hace esto al revés. El hombre debía Nombrarlo poco y hablar mucho de Dios. Al hablar de Dios, ya te ahorras el nombrarlo, porque Él estaría dentro del hombre. Hablar de Dios es hacerte Él, amigo inseparable suyo, y ya no le pides, porque ya participa de tu vida.

Dijo una mujer:

Yo vivía al lado de un espartero que en la casa trabajaba, y como tenía siete hijos, a la mujer le ayudaba.

Yo diré también cómo vivía:

Era viuda y un hijo nada más tenía, que éste era mi compaña. Treinta años ya tenía y no había quien lo casara. Tenía un defecto en un pie, y algo sí cojeaba. Yo no le veía ni eso que los demás le veían. Pues habló con una moza y él estaba enamorado. Yo le di el dote que pude. Cuando un día lo vi llegar y estaba bastante apurado, dos palabras sólo dijo y ya de esto jamás se ha hablado: “Madre, se casa con otro, la que yo tanto había amado. No quiero que me la nombres. Ya siempre estaré a tu lado”. Estas fueron las razones de no estar mi hijo casado. Y en casa del espartero estábamos arranchados.

¡Qué enseñanza daba el espartero! ¡No había duda de que a Dios llevaba dentro! Todo el día estaba hablando de los hechos que ocurrieron; a todo salía Dios: ya hablaba de su Nacimiento; ya de cuando se perdió y lo vieron en el Templo; de su última comida; de cuando hablaba en los cerros; de lo que pasó su Madre; de cuando bajó del Cielo; del hecho del paralítico; de resucitar a muertos; del hecho de la viuda. ¡Siempre salía esto en medio de cualquier conversación, aunque no fuera de esto!

¡Él, tirando de su esparto, y el suelo siempre lleno de los chiquillos sentados, que al padre estaban oyendo!

Desperté, oí:

Aquí lo tienes bien claro,
lo que hacía el espartero.

Hablaba siempre de Dios,
porque a Dios tenía dentro.

Ya, nombrarlo no hacía falta,
porque Él vivía en ellos.

Nunca les hablaba de Dios
como si estuviera muerto.

Ni decía los martirios
que le dio aquel mal pueblo.

No era esto del agrado
de aquel santo espartero.

No quería recordar
aquellas Manos y Pies
en aquella Cruz “clavás”.

Si Él estaba Vivo,
¿por qué de muertos hablar?

Se ponía amarillento
tan sólo de esto hablar.

Aunque no seas espartero,
vive como él vivía,
y llevarás a Dios dentro.


***

Libro 6 - Dios Manda en Su Gloria Que Enseñen - Tomo I - Pag. 40-41-42-43