jueves, 23 de diciembre de 2010

El trapero - Libro 6 - Dios Manda en Su Gloria que Enseñen - Tomo I - Pag. 69-70-71


En Sueño Profético decían:

Dios, muchas veces, hace ver al hombre, que lo que él desprecia, Dios lo quiere.

Dios quiere que el hombre valore al hombre por su espíritu, no por su presencia.

Aquí cuento yo un caso de uno que el hombre lo tenía por desecho, por la fealdad de su cuerpo: era jorobado, alto y desgarbado. Este hombre, desde niño, se ganaba la vida recogiendo trapos viejos, y a cambio daba unos cacharrillos para los nenes, que en su cesta de mimbre llevaba; era su saco al hombro y su brazo izquierdo metido en el asa de su batea de mimbre; iba tocando su flauta de caña –que él también se hacía–, y acudían los chiquillos brincando y formando baile al son de ésta. Éstas eran sus primeras palabras:

–¡Dios os guarde de la maldad del pecador! ¡Que siempre estéis contentos sin pedir cuentas a Dios!, que él sabe mejor que nadie el porqué en esta vida unos tiran el dinero y otros viven contentos sabiendo que son traperos. Pero yo, este vivir, no lo cambio por dinero.

Otra vez los chiquillos encima del canasto echaban sus risas de ángeles. Esto se cundió entre las madres, y había quien aseguraba que el trapero tenía un “algo de Dios”; que algunas veces salían los chiquillos, malos, y entraban curados.

Desperté, oí:

Este trapero tenía el espíritu de Gloria, aunque en desprecio vivía.

Vivía en el desprecio del que no vivía camino que Dios tenía trazado.

Dios lo tenía sin que nadie supiera lo que valía el espíritu sin carne.

Iba dando los cacharros a cambio de trapos viejos.

Si él no iba a los campos, a las aldeas, con su mercancía y su alegría repartiendo, aquellos niños se harían hombres sin Amor Aquí, a este Cielo.

Él los ponía contentos con los cuatro cacharrillos y las palabras de Cielo.


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