martes, 21 de mayo de 2013

Puente de la Tierra al Cielo

En Sueño Profético hablaban de los Lugares a los que Dios daba sus Palabras, y sus actuaciones rubricaban las Palabras:

Estos Lugares tienen poder, sin ellos saberlo, para salvar al espíritu y para curar la carne por un largo tiempo, hasta que le llegue fecha. Y aún llegando fecha, Dios premia sus ruegos. Esto son manifestaciónes de Dios en un Instrumento. Que no manda en él, que es Mando del Cielo. Puede curar carne, sin medicamento y sin saberlo nadie, de algo que llegó dentro de su cuerpo.   

Es Amor a Dios: servicio pidiendo para el pecador.

Se vio mucha gente, y la misma voz continuó diciendo:

Aquí, en esta Visión, hay muchos ya muertos de carne, pero sus espíritus están con Dios. Fueron visitados con la fuerza de uno que quiere a su amo y quiere que al amo lo quieran. El Dios llevan por delante y ellos quedan en espera. Si la hora les llegó, tienen esa hora buena. Que el espíritu que está al servicio de Dios, la Paz de Aquí, al espíritu entrega, sin que tenga volumen ni nadie la vea hasta que esté admitida por el espíritu que tiene la carne enferma.

Desperté, oí:

Su presencia cura carne,
porque no es ella,
cuando Dios lo quiera.

Y cuando la carne
tiene que morir,
prepara al espíritu
con la Paz de Aquí.

Estos Instrumentos
siempre van repartiendo
la Gracia de Dios.

Y puede que a un lejano
le haga favor con más rapidez.

Por eso ve claro
el que quiera ver
que esto es Instrumento
donde Dios da el “Ve”.

¡Cuántos van andando
sin ellos saber
que fueron curados
por este Poder!

¡Y cuántos familiares,
que aún ahí tienen cuerpo,
tienen a seres queridos
Aquí, ya en el Cielo!

Todo fue presencia
de un Instrumento
que Dios utiliza como puente
de la Tierra al Cielo.
 
Sabiendo esto los hombres,
ya le tendrán más respeto,
si no por Amor a Dios,
por interés o por miedo.

Lo que no puede es quedar
esta Grandeza en silencio.

¡Que se publique mundial,
por ser hoy único
y no haber otro igual
a este Instrumento!


***

Libro 17 - Investigaciones a La Verdad - Tomo II - Pág. 143-144-145