miércoles, 22 de mayo de 2013

Limpio por fuera y sucio por dentro

En Sueño Profético decían:

Este Mensaje se llama: “Limpio por fuera y sucio por dentro”.

Yendo un día con el Maestro, al pasar por una plaza, había varios grupos de hombres que allí se reunían para quedar donde ir a trabajar. Al que tenía faena y al que no, allí iban a buscarlo para contratar faena. Se acercaron unos a saludar al Maestro, y uno se quedó atrás sin dar paso. Éste era el peor vestido, y de aspecto dejado para el que lo veía y no sabía el vivir que hacía cuando llegaba a su casa después del trabajo.

Viendo el Maestro que no se movía para ir a su encuentro, le dijo a uno:

   –Ve y dile que venga, que son más dignos de mi amistad los limpios por dentro y sucios por fuera, que los limpios por fuera y sucios por dentro.

Cuando se acercó, antes de poner el Brazo en el hombro, como dándose Él mismo, dijo:

   –Tú te ocupas poco del cuerpo y pones todo el cuido al espíritu. No sólo eres tú el que tienes tu espíritu limpio, sino que al que te oye, también se lo dejas limpio. Estas Palabras, quédate con ellas, y siempre que Me veas, ven hacia Mí, y Me acortarás el camino. Sigue enseñando a tener limpio el espíritu, cumpliendo mis Palabras.

Y siguió diciendo:

   –No podrá evitar, nada que tenga vida, que su final sea suciedad. Pero sí es, para todo el que quiera tener siempre su espíritu limpio y conmigo: hoy aquí, mañana en mi Gloria.

Desperté, oí:

Se vieron caras de pena,
y también con alegría.

El que quería cambiar,
otra cara le veías.

A otros oías decir:
“Yo voy a quitarle tiempo a mi cuerpo,
y a ponerle cuido a mi espíritu”.

Este hombre,
que por su presentación
no lo veías digno
de llegar al Maestro,
fue el que quedó más amigo.

Tenía tres hijos pequeños,
y el padre paralítico.

La mujer no tenía nombre
para el que la trataba.

De ver que antes que a los hijos,
al padre de él cuidaba.

El jornal era pequeño,
y en todo lo que podía,
sus dineros los ganaba.

Hacía capachos de esparto,
y el chico enganchado en la falda.

El abuelo pasaba apuros,
y no quería llamarla.

Pero ella siempre estaba:
“Abuelo, ¿qué le hace falta?”.

Esta casa era cumplir
con Amor
lo que Dios mandaba.

Aunque la ropa estuviera
algunas veces con falta.

Tenían el espíritu limpio,
que es lo que no se mancha.

Cuando a Dios llevas por dentro.


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Libro 15 - Hechos de Jesús Perdidos, Hoy Dictados en Gloria - Tomo III - Pág. 114-115-116