lunes, 13 de mayo de 2013

Las cosas de Dios no tienen mañana

En Sueño Profético decían:

Las cosas de Dios no tienen mañana, no tienen estudio, son tan sólo Amor.

Las cosas de Dios son siempre sencillas, es el hombre quien la desfigura
para mal, aunque para bien diga.

Tan sólo el decir: “esto dicen Arriba, donde habita Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu y la Madre de Dios Virgen”, ya pecas al reformar, aunque digas mejorar.

Dijo uno:

¿Quién diría mejorar lo que de Dios dice y manda en su Gloria que sea dicho al hombre para reforzar su Enseñanza?

¡Si tan sólo el pensarlo, es declararte enemigo suyo, ya sin temor a las pérdidas, aunque Amor no sintieras! Pero el creer te hace temor. Temor al rayo que ves caer en la tormenta; temor a que los ríos crezcan de altura, no de largura, porque ya el mar espera; temor a lo que las manos del hombre no tienen poder ni fuerza!

Si el hombre pensara esto, miedo sentía de verse tan microbio al lado de esta Grandeza.

Desperté, oí:

Que el hombre le de sentido
a la palabra “el reforzar su Enseñanza”,
lo mismo que Aquí se ha dicho.

El reforzar es que el hombre piense
que Dios es siempre el mismo.    

Por eso sus Enseñanzas
tienen que ser dichas
por el que Él trajo
a su Gloria en espíritu.

Y éste mismo, dejar escrito
Palabras que le han dicho
y hechos que ha visto. 

Aquí verás la Verdad,
porque en los Dictados
no admite razones
ni a ministro ni a seglar.

¡Qué cierto que las cosas de Dios
no tienen mañana!

No notas su peso,
y jamás te cansan.

Dios, Creador único de la existencia
del espíritu y el cuerpo,
manda con grandes destellos
a que el hombre vea claro
que Él no tiene tiempos.

Ni en presente ni en pasado.

Que si todo esto escrito
lo compara con el Nuevo Testamento,
verá que todo es lo mismo.

Aunque al hombre le moleste
que siempre haya Elegidos.

Porque al hombre le agrada decir:
“¿Quién a Dios ha visto
y ha oído su habla?”.

Luego, él Le reza
cuando le hace falta
algo de la Tierra
que Aquí se rechaza.

Quiere el hombre a Dios,
pero que no oiga a nadie
que diga: “¡Sí, lo he visto yo!”.


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Libro 17 - Investigaciones a La Verdad - Tomo II - Pág. 117-118-119-120