viernes, 15 de febrero de 2013

¡Qué lástima que tus ojos no te sirvan para ver el pecado!

En Sueño Profético decían:

¡Qué lástima que los ojos no le sirvan al hombre para ver el pecado!

¡Qué lástima que la lengua no le sirva para ir a Dios alabándolo!

¡Qué lástima que los pies se cansen de seguir sus Pasos y cojan caminos que Él no tiene mandados!

¡Qué lástima que los hombres tanto quieran el pecado y cuiden tanto su cuerpo para entregárlo al diablo! Que es el que les está diciendo que no hagan lo que Dios tiene mandado, que hagan lo que en la Tierra hacen los que de Dios viven apartados!

¡Qué lástima, con más lástima, es que no te sirvan tus ojos para ver: esto es bueno, aquello es malo; aquí cogeré cosecha, allí siempre será el año malo, porque donde no está Dios, no esperes nada del año!

Dijo uno:

El que quiere oír al que Dios le da el “Ve”, ya está poniendo sus ojos para querer ver. Y ya le tiran a su lengua: “me tienes que obedecer a lo que digan mis ojos, que Dios me lo hace ver”. Y a sus pasos los llevará el espíritu detrás del que Dios le dio el “Ve”.

A éste se le cambia la lástima, por decir:

¡Dichoso y bienaventurado el que sabe lo que va de Dios y lo pone en práctica!

¡Dichoso el que conoció a Dios Hombre cuando Dios Hombre pregunta: “¿Y tú quién dices que Yo soy?”.

Desperté, oí:

El que conoció a Jesús y Lo siguió,
a éste no le iba a decir:
“¡qué lástima que los ojos no te sirvan!”.

Porque el pecado pisaba
y el sufrir le crecía.

En su lengua siempre estaba
la Palabra del Maestro.

Y sus pasos no se cansaban
por los llanos ni por los cerros.

Pues aunque iban cansados,
era tan sólo de cuerpo.

Que esto cuenta en la Tierra,
pero no cuenta en el Cielo.

En el Cielo dan el nombre
de cansancio al espíritu
que el “Ve” de Dios
no lo quieren y dan desprecio.

Y no conoce a Dios
en el que lleva el “Diciendo”:
“Me dice Dios”.

¡Bienaventurado
el que sigue lo de Dios
y todo lo deja olvidado!

Porque ya, siguiendo a Dios,
el sufrir lo vas cansando.


***

Libro 17 - Investigaciones a la Verdad - Tomo II - Pág. 65-66-67