miércoles, 27 de febrero de 2013

No es la ciudad la que cambia, es el hombre a la ciudad

En Sueño Profético se vio el campo. Era sin camino y nada sembrado, que hubieran sembrado las manos del hombre.

Llegaron dos hombres, sin verse a distancia ni tampoco cerca. Es que Dios los pone como si estuvieran. Que un día estuvieron, cuando con el cuerpo vivían en la Tierra. Ninguno era viejo. Uno llegaba a los 40. Y el otro, dos más de los 60.

Dijo el mayor al más joven:

¡No es la ciudad la que cambia, es el hombre a la ciudad! Unas veces la mejora, y otras se equivoca al mejorar. Casi siempre en la mejora va dejando a Dios atrás. Esto es lo que no me gusta del hombre de la ciudad. Yo la visito poco, y menos la voy a visitar.

Cuando llego a mi campo, miro al Cielo, miro al monte, miro donde tengo los pies. ¡Que hay tantas plantas y tantas flores...! ¡Tantas hierbas que el ganado se las discute por sus exquisitos sabores...!

Aquí nada tiene cambio con el Cielo, con lo que nace sin manos y con el monte. ¡Si viera con la alegría que, cuando Dios manda el agua, baja por ese monte...! Porque sabe el bien que trae aquí y a la trepa del monte.

Yo no me siento viejo. ¡Es que llevo a Dios en mi mente igual que lo tuve de niño! Y la muerte, que me llegue antes de sentir el vacío, como el hombre de la ciudad, que hoy tiene.

Desperté, oí:

No podía contestarle
a aquel hombre
que cátedras llevaba
dentro de su misma sangre.

¡Era a Dios y a otra Vida
a lo que daba importancia!

Yo llegué a la ciudad
refiriendo sus palabras.

Y lo mismo que yo sentí,
sentía el que le hablaba.

“¡No es la ciudad la que cambia,
es el hombre a la ciudad!”.
Esto le salía con pena.

Este hombre culpaba al hombre
de que el hombre a Dios no quisiera.

Despreciaba a la ciudad
y amaba la Naturaleza.

Aquí, el cambio que había
es tener a Dios más cerca.

Me despidió diciéndome:
“Si yo fuera nube,
¡yo no bajaría a la Tierra!”.


***

Libro 19 - Dios Manda en Su Gloria que Enseñen - Tomo III - Pág. 106-107-108