martes, 23 de octubre de 2012

Fieles como los ríos a los mares

En Sueño Profético contaban varios hechos de la Vida de Dios Hombre.

Dijo uno:

Un día, cuando íbamos con el Maestro, al salir de la casa donde nos habíamos reunido, se paró el Maestro y dijo:

   –¿Quién dirá que no soy el Hijo del Hombre, después de que haya tenido trato conmigo o con quien Yo le haya dado mi Palabra? El que esto no conociera, no le sirve a mi Padre. Esto es labrador sin conocer el trigo; cabrero sin conocer las cabras.

Continuamos andando, y al pasar por la orilla de un río, otra vez habló el Maestro:

   –Todos los ríos buscan al mar. Ya mi Padre le mandó a la corriente que fuera toda para el mismo sitio, donde “El Mar Padre” los acoge como hijos.

   –En el río y en el mar, veis obediencia y Amor. Nunca cogerá el río corriente hacia arriba, ni el mar no tendrá sitio para sus hijos. Esto es Mando de mi Padre, y Amor entre ríos y mares.

Ya llegada la noche nos dijo también:

   –El Sol tiene su obediencia a mi Padre. Tiene que venir la noche para que el hombre descanse. También se resiste, a veces, el Sol en obediencia a mi Padre, pero si hace resistencia es por embellecer los mares.

   –Todo lo que mi Padre hizo primero –y señaló los campos– fue para al hombre enseñarle. Luego Yo me hice Hombre, para que vieran mi Carne, para enseñar obediencia, siendo primero el Amarme.

   –Si alguno se siente falto de Amor cuando Yo falte, que no cambie su camino, que siga el que Yo os enseñé. Sed siempre fieles, como los ríos a los mares, como el Sol que esconde sus rayos por empujarle la noche.

   –Todo está hecho por Mí, aunque aquí a mi Padre nombre.

Desperté, oí:

Aquel día disfrutaron,
aprendieron y lloraron.

No podían oír decir:
“Cuando estéis sin Mí”.

Muchas veces el Maestro
se quedaba en silencio,
por tal de verlos contentos.

El día que los ejemplos
eran comparados
con lo que no era del hombre,
era Enseñanza directa
del Poder Omnipotente.

Si mirabas la montaña,
allí veías a Él.

El ruido de las aguas
te demostraba Poder.

Y ya llegaba la noche,
para el descanso del bueno,
para el silencio del sueño.

No hay obediencia mayor,
que siempre mires al Cielo.

Que es donde manda el Amor
sus Palabras de consuelo.


***

Libro 3 - La Palabra del Creador - Tomo I - Pag. 166-167