jueves, 25 de octubre de 2012

Dios da preferencia al que más Lo ama

En Sueño Profético decían:

Dios da preferencia al que más Lo ama.

Hay quien el hombre no le ha visto el Amor porque éste no ha amado.

El hombre cree que cumplir las leyes que pone el hombre, esto es amar, olvidando las Palabras dichas por Dios Padre resonando en Dios Hijo.

Buscar al Hijo es querer saber del Padre. Y buscar al Profeta es querer saber del Hijo.

Dijo uno:

A Dios enfadas si crees lo que hizo y no crees lo que hoy hace.

Si no crees lo que pasó –esto de lo que dejó escrito–, tú no estás con Dios. Pero si no crees lo que está pasando, ¿cómo hablas luego del Poder de Dios?

Dios no admite la injusticia en el Lugar que Él habla, desmintiendo sin comprobación.

Dios te permite, por no quedarte ahí.

Si no hubiera Eternidad, Dios no consentía que desmintieran su Palabra, una vez que en su Palabra se ve a Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios en Espíritu.

Si Dios no fuera Eterno y todos los espíritus, Dios mandaría ocultar la claridad, secar los mares y parar las lenguas.

Dios es Dios de Poder, y no hace falta hacer esto.

Hoy manda que escriban, mañana que publiquen, y después juzga, juzga sin haber hombre poderoso que pueda impedirlo.

Despierta, oí:

El hombre hace uso de la Libertad que Dios le da.

Pero no coge el Amor tan grande que continuamente le está ofreciendo.

Para justificarte ante Dios tienes que decir estas palabras:

“Señor, no quise oír al Profeta porque me dijeron que tus Leyes no practicaba”.

“Señor, seguí al Profeta y no iba al Prójimo”.

“Su vanidad cubría su cuerpo”.

“Nunca tuvo obediencia a los que representan tu Gloria”.

“Su presencia me traía demonios alborotando mi Paz”.

Si tú, pecador, te presentas con este escrito verdadero, ya vivías ahí con Dios, aunque el hombre no lo viera.

Pero si tu papel va en blanco, arrepiéntete del uso que hiciste con la Libertad que Dios te dio.

Si no hubiera Eternidad, ¿para qué pedir Perdón?

Y si a Dios nadie Lo viera, ¿quién sabría si había Dios?


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Libro 4 - Te Habla El Profeta - Tomo I - Pag. 166-167