miércoles, 29 de diciembre de 2010

Gran Literatura - Libro 7 - Investigaciones a la Verdad - Tomo I - Pag. 29 - 30


En Sueño Profético hablaban Agustín de Mónica, Domingo de Guzmán y Juan Bosco.

Estando éstos hablando, dijo Tomás de Aquino:

–Yo también me uno a vuestro Mensaje.

Salió diciendo Agustín:

–Sus palabras tienen enganche, son palabras de roca, son palabras fuertes, duras. Son palabras de roca, por ser palabras sin movimiento. Son palabras fuertes, porque son de Fuerza Divina. Y duras, porque Dios tiene que decir lo que no puedes hacer si quieres entrar en su Gloria.

Iba Agustín a seguir hablando y se adelantó Domingo, y éstas fueron sus palabras:

–Es que habla puntualizando, y no hay quien le reforme lo que ella está hablando. Si observas al que la oye, hay a quien se le cambia el rostro, de algo que lleva dentro, que sólo Aquí Él lo sabe. El día que todos lean estas Grandes Comunicaciones, verán la Gloria de Dios cuando los ojos entornen, y no querrán que les hablen, ni que nadie les moleste, para ir, letra por letra, pensando quién compondría esta Gran Literatura, que sólo Dios envió.

Tomás, que ya no más calla, dijo:

–¿No se dará cuenta el hombre
de que esta Teología habla?,
habla sin tener sonido,
que Dios el sonido para.
Pero le da en cada letra
un olor y tal fragancia,
que loco vuelve al Teólogo,
al Teólogo que a Dios ama.

Desperté, oí:

Yo, Juan Bosco,
si mis palabras callé
mientras ellos comentaban,
mi silencio era aceptar,
por ser de Dios la Enseñanza.

Siempre fui un enamorado
de mi Dios y la Enseñanza.
Pues de aquél que enseña bien,
el que aprende va enseñando.

No enseñes por enseñar,
ni aprendas por saber cuánto,
que si enseñas sin amar,
el que aprende, aprende en vano.


***